sábado, 1 de septiembre de 2018

Curas buenos

   En estos días la figura del cura está por los suelos. Están saliendo los abusos cometidos por sacerdotes en diversas partes del mundo. Son actos que nos escandaizan y que hay que condenar, perseguir y erradicar. El Papa Francisco está visitando los lugares donde se han producido los abusos, condenando y expulsando a los responsables y pidiendo perdón, reparación y justicia para las víctimas de estos abominables actos. El foco mediático de estos acontecimientos nos puede hacer perder la perspectiva de la silenciosa labor de muchísimos buenos sacerdotes que se entregan a diario en todas las partes del mundo. Por eso traigo aquí un extracto del  comentario de Álex Navajas publicado en www.actual.com con el título "Curas buenos"


   Los hay. Existen. Parece que han quedado completamente sepultados por el tsunami de los escándalos de pedofilia entre el clero de la Iglesia católica. Han conseguido que, para algunos, sacerdote sea sinónimo de personaje sospechoso. Pero los hay. Vaya si los hay.
Me refiero a los curas buenos, esos que no aparecen en las portadas de los periódicos ni abren los informativos de mediodía. Me refiero a esa inmensa mayoría de sacerdotes que hacen el bien en silencio y sin focos mediáticos.
    No les verán acaparando la atención de los medios de comunicación ni lanzando estridentes tuits de monja cojonera, montonera e histriónica. No; su labor es callada, profunda y discreta.
Se trata de trabajadores mileuristas sin los cuales, les aseguro, se paralizarían pueblos y ciudades. ¿Se imaginan que un día los sacerdotes decidieran no abrir las puertas de sus colegios, o de sus centros de Cáritas, o de las parroquias, o de sus comedores sociales, o echaran a todos los enfermos de sus hospitales? ¿Se imaginan que no acudieran al confesonario a consolar a esa persona asediada por las dudas y los miedos, o que no visitasen en su casa a aquella anciana atormentada por la soledad y el abandono? ¿Dejarían de organizar grupos de jóvenes donde se les alienta y motiva a llevar una vida mejor, una vida plena y llena de esperanza?
Esos son los curas buenos; los curas de nuestros barrios y pueblos que llevan adelante una ingente labor humana, social y evangelizadora y que contemplan, con profundo sufrimiento y dolor, cómo unos hermanos suyos en el sacerdocio han faltado escandalosamente a su deber de proteger a niños y adolescentes. Y, con su espantosa conducta, parecen haber tapado con un denso y oscuro nubarrón la labor de tantos curas buenos.

Es cierto: también hay pastores grises, tibios, desilusionados. Tal vez, hace tiempo perdieron la frescura del amor primero y el entusiasmo prístino de la llamada. Pero, a su lado, hay unos titanes de la fe que luchan contra sus pasiones, a veces en batallas absolutamente épicas.
He tenido la oportunidad de que algunos de ellos me hayan abierto sus corazones, me hayan permitido asomarme a la intimidad de sus secretos más profundos y he descubierto hombres con heridas, que luchan, con las mismas dudas, inquietudes y debilidades que cualquier laico de a pie. Las mismas.
Conozco –oh, escándalo- sacerdotes que tienen muchísimas dificultades para vivir su voto o promesa de castidad, para no caer en la lujuria o en las redes de la pornografía. Sé de sacerdotes esclavizados por el alcohol o el juego que son casi incapaces de romper sus cadenas. Conozco a otros que están a punto de tirar la toalla o que incluso han abandonado ya el ministerio y prosiguen en la búsqueda de un sentido para su vida. Los hay incluso que atraviesan unas profundísimas crisis de fe y de desesperanza. ¿Se sorprende, querido lector? ¿Acaso creía que el sacerdote era una mezcla de hombre y ángel y que no estaba sujeto a las pasiones de la carne y del mundo?


No son perfectos, sino débiles y pecadores, precisamente porque son hombres, y tienen sus heridas, sus inseguridades, sus miedos, sus complejos. Y, pese a ellos, o precisamente por ellos, muchos se han convertido en gigantes de la fe y de la humanidad. ¿No habremos pedido demasiado a los sacerdotes? ¿No les habremos exigido que sean perfectos, santos, súper hombres, siempre entusiastas, sin el más mínimo día de bajón, pero no hemos movido un dedo para ayudarles en el día a día?
Esos curas buenos son los que no salen en los periódicos. Pero existen; vaya si existen. Y hoy quiero abrirles esta pequeña ventana de mi gratitud, admiración, oración y respeto. ¿Ha tenido usted la suerte de conocer a alguno de ellos?    ¡Pues claro que sí!

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